Antes de leer lo siguiente, debes saber que es la continuación de:
http://mathiasonthetrip.blogspot.com/2012/06/chicago-windy-city-parte-3.html
Creo que íbamos por el día tres!
Para desgracia mía, ese día no nevó, por más que aún quedaba un poco de nieve en las calles. El día estuvo realmente soleado, supongo que habrían unos -4 o -5 grados. El plan del día se iniciaba en "Navy Pier". Es un paseo que se encuentra en la rivera del lago Michigan. Hay un pequeño puerto (como su nombre lo indica), una rueda gigante y distintas esculturas que dan ganas de fotografiar. Desde arriba de la rueda gigante se pueden ver paisajes realmente espectaculares de Chicago. Adjunto una foto (no mía) que más o menos describe lo que se ve.
En fin, es un paseo divertido para hacer con amigos y es de los infaltables en caso de ir varias a la ciudad.
Luego de un almuerzo por alguna cadena de restaurantes internacional, el último paseo en Chicago era ir a un acuario. Puntualmente al John G. Shedd Aquarium. Mirando en el maps de google, acabo de darme cuenta que está realmente cerca de Navy Pier. Supongo que habremos ido en metro, pero la distancia (a lo sumo) será de dos kilómetros por la S Lake Shore Dr. Al igual que Navy Pier, el Shedd Aquarium está en la costa de lago Michigan.
La experiencia fue inolvidable (como muchas del viaje). Creo que en mi vida nunca había ido a un acuario, o por lo menos, no lo tengo grabado en mi memoria. Existen muchíiiisimas especies de peces y animales del mar en espacios realmente grandes. Al igual que nos pasó cuando fuimos al Field Museum, no nos dio la tarde para recorrerlo completo. Para quienes puedan ir alguna vez, recomiendo un lugar central del acuario, donde hay una pileta redonda que es GIGANTE. Se puede caminar los 360 grados alrededor de la misma y ver todo un ecosistema que vive adentro. Hay una tortuga de tamaño colosal, que todavía no entiendo como hace para moverse. Los empleados del acuario permiten que te saques fotos e incluso tengas contacto con algunas de las especies. Como buen niño chico, me saqué el gusto de tocar una estrella de mar. Una boludez, como tantas otras, pero estuvo simpática. Por otra parte, hay recreaciones de submarinos a las que se puede entrar a conocer. Podíamos haber ido también a un show con delfines y no sé qué más, pero había que abonar como 20 o 30 dólares adicionales. No lo hicimos.
A esa altura de los acontecimientos, la experiencia por Chicago estaba llegando a su fin. Teníamos pasajes para Kansas City, Missouri para las 9 pm, por lo cual, debíamos aprontar todo para seguir la recorrida. Al igual que cuando llegamos, utilizamos el metro para ir del hostal al aeropuerto.
Podría pensarse que la historia termina acá, pero no!
En una de las entradas anteriores, mencioné nuestra ida al John Hancock Center, con la cafetería con vista panorámica. Allí se me ocurrió comprar una de esas bolas que tienen un paisaje en su interior, y que cuando las das vuelta parece que cae nieve. Ni idea si tienen algún nombre o no. Inexperto yo, se me ocurrió ponerla en la valija de mano. Grave error. El que tenga UN vuelo arriba, sabe que ese tipo de cosas no deberían ir en el carry-on. Cuando estábamos pasando por los detectores de metales, me frena uno de los tipos encargados de la seguridad, me pide que le de la valija y, guantes en mano, la comienza a inspeccionar hasta que obtiene lo que buscaba, mi recuerdo del Hancock Center! Acá viene mi "iluso - parte 2", cuando veo lo que era, alargo la mano (pensando que me lo iba a devolver) hacia la bola con efecto de nieve. Acto seguido, el tipo me la aleja con cara enojada y la expresión "DON'T TOUCH!". Y bueno, ta, tuve que regalarsela!
Me fui de Chicago con la sensación de que es un lugar al que tengo que volver.
Si bien terminé el relato de mis tres días en Chicago, dejo los siguientes puntos (a modo de recordatorio) para relatar en próximas oportunidades:
- Las corridas por el aeropuerto de Miami.
- El problema de la valija al llegar.
- La noche en Chicago.
- Burritos and Margaritas.
- Esmeralda.
- La salida de gala.
El objetivo es compartir experiencias, anécdotas y aventuras vividas mientras estuve de viaje. También, por qué no, recomendaciones y cosas que no te podés perder. Ah, y sacarme las ganas que siempre tuve de escribir.
Mostrando entradas con la etiqueta Hancock. Mostrar todas las entradas
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domingo, 24 de junio de 2012
viernes, 22 de junio de 2012
Chicago, "The windy city" - Parte 2
Lo que leerás a continuación, corresponde a la segunda parte de:
http://mathiasonthetrip.blogspot.com/2012/06/chicago-windy-city-parte-1.html
Chicago es una ciudad increíble. Quizás se deba a que era la primer ciudad a la que llegábamos, o quizás es increíble realmente. Tendría que volver a ir y redescubrirla. Junto con New York (también volvería a Orlando), es una ciudad en la que me quedaron muchas por hacer, muchos lugares por conocer y a la que sin dudar, volvería a ir.
Si no recuerdo mal, habremos estado cuatro o cinco días. Apenas llegamos, como mencioné en el artículo anterior, comenzó a nevar, no mucho, pero hacía bastante frío. Dejamos todo en el hostal y salimos a caminar bajo la nieve. Dejo constancia que el orden del relato puede no corresponderse con el orden real de los acontecimientos, aunque intentaré respetarlo lo más fielmente.
Empezamos a caminar por una avenida bastante principal. No me daban los ojos para mirar todos los edificios y paisajes. Tampoco me daba la cámara para sacar tantas fotos. Pese a que lo intuía, me llamó mucho la atención la diferencia del skyline de las construcciones de Chicago, respecto a las de Montevideo. Edificios de 60, 80 pisos eran habituales y los había por todas partes.
En un momento llegamos una plaza con pista de patín. No, no patiné (en esa!). Igual, es anecdótico el hecho, pues en realidad, quería hacer mención a un "monumento" (por no encontrarle una mejor definición) llamado "Cloud Gate" (puerta de/hacia la nube). Agregué una foto de las que saqué allí. Es cuando menos raro. Al observar detenidamente el monumento, se puede apreciar el reflejo de los edificios vecinos.
Dicho esto, sigo la historia.
Continuamos el recorrido. Creo que a esa altura ya habíamos pasado por Starbucks. Para quien no ha tenido la experiencia, es una cadena de cafeterías internacional, que durante el viaje se nos volvió casi un amigo de ruta (más que un amigo, un hermano). Tal vez por el frío, por la necesidad de tomar algo caliente, o nomás por lo rico que era el café y el chocolate, lo cierto es que supimos ir hasta dos o tres veces por día durante todo el viaje. Hay tres tamaños de café (el venti creo que era el más grande) y bastante variedad de tipos y sabores. Para sacarse el frío, puede agregársele uno, dos o hasta tres shots al café. En fin, altamente recomendable. Y si te pudrís de tomar café, el chocolate caliente de Starbucks es MUY rico (sobretodo si hace frío). A Uruguay no ha llegado aún. Habría que hacer una fuerza para traerlos!
Continúo. A esa altura eran como las 4 pm y ya notábamos que estaba anocheciendo. También notamos que no habíamos almorzado aún, por lo cual, empezamos a buscar algún lugar para calmar al estómago. Entramos en un lugar cercano al Hard Rock Café de Chicago. Si el lector es impaciente, se preguntará por qué carajo dedico tantas líneas al almuerzo. La razón es simple. Los mozos en Estados Unidos son amables, MUY amables, quizás, demasiado amables, atentos y efusivos. Me explico. Apenas entrás a un lugar a comer, ya te preguntan cuántas personas son y te dirigen a una mesa acorde. Te traen la carta. No pasaron cinco minutos, que ya viene el mozo a ver si decidiste qué vas a comer (así el lugar esté vacío y no haya nadie para atender, o que hubiera necesidad de vaciar las mesas rápido). Evidentemente, acostumbrados a los bares uruguayos, nosotros aún no habíamos ni empezado a mirar el menú. Hasta que no les decís qué vas a comer, cada cinco minutos vuelven a ver si decidiste o no. Uno podría pensar que cuando te traen la comida detienen su actitud y te dejan comer tranquilo. Pero no. Cada poco rato vuelven a ver si todo está OK, o si precisás algo. Al principio, es hasta gracioso (por la diferencia del servicio respecto al uruguayo), pero después comienza a molestar un poco. No digo que sea bueno o malo el servicio o la atención, de hecho, se notaba que los mozos se preocupaban de que todo estuviera bien, pero fue una de las pocas diferencias culturales que me chocó o por lo menos, me resultó llamativo.
Esa misma noche fuimos al John Hancock Center. No voy a subir ninguna foto, porque no salieron muy bien. El interesado puede googlear un poco. Para resumirlo, es una de las torres más altas de Chicago. En su momento, fue el rascacielos más alto del mundo (fuera de New York). Subimos al piso 95, donde hay una cafetería con vista panorámica. Te sentís en el techo del mundo, pero te das cuenta también de lo chiquito que sos. Aprovechamos para sacarnos el frío tomando algo, compramos algunos recuerdos (de hecho, un recuerdo de esos me lo sacaron en el aeropuerto, después cuento mejor) y seguimos viaje. Y así terminamos el día. En la vuelta al hostal, vimos ardillas correteando en la nieve y subiéndose a los árboles. Otra boludez, pero me resultó simpática.
Voy dejando por acá. Después sigo.
http://mathiasonthetrip.blogspot.com/2012/06/chicago-windy-city-parte-1.html
Chicago es una ciudad increíble. Quizás se deba a que era la primer ciudad a la que llegábamos, o quizás es increíble realmente. Tendría que volver a ir y redescubrirla. Junto con New York (también volvería a Orlando), es una ciudad en la que me quedaron muchas por hacer, muchos lugares por conocer y a la que sin dudar, volvería a ir.
Si no recuerdo mal, habremos estado cuatro o cinco días. Apenas llegamos, como mencioné en el artículo anterior, comenzó a nevar, no mucho, pero hacía bastante frío. Dejamos todo en el hostal y salimos a caminar bajo la nieve. Dejo constancia que el orden del relato puede no corresponderse con el orden real de los acontecimientos, aunque intentaré respetarlo lo más fielmente.
Empezamos a caminar por una avenida bastante principal. No me daban los ojos para mirar todos los edificios y paisajes. Tampoco me daba la cámara para sacar tantas fotos. Pese a que lo intuía, me llamó mucho la atención la diferencia del skyline de las construcciones de Chicago, respecto a las de Montevideo. Edificios de 60, 80 pisos eran habituales y los había por todas partes.
En un momento llegamos una plaza con pista de patín. No, no patiné (en esa!). Igual, es anecdótico el hecho, pues en realidad, quería hacer mención a un "monumento" (por no encontrarle una mejor definición) llamado "Cloud Gate" (puerta de/hacia la nube). Agregué una foto de las que saqué allí. Es cuando menos raro. Al observar detenidamente el monumento, se puede apreciar el reflejo de los edificios vecinos.
Dicho esto, sigo la historia.
Continuamos el recorrido. Creo que a esa altura ya habíamos pasado por Starbucks. Para quien no ha tenido la experiencia, es una cadena de cafeterías internacional, que durante el viaje se nos volvió casi un amigo de ruta (más que un amigo, un hermano). Tal vez por el frío, por la necesidad de tomar algo caliente, o nomás por lo rico que era el café y el chocolate, lo cierto es que supimos ir hasta dos o tres veces por día durante todo el viaje. Hay tres tamaños de café (el venti creo que era el más grande) y bastante variedad de tipos y sabores. Para sacarse el frío, puede agregársele uno, dos o hasta tres shots al café. En fin, altamente recomendable. Y si te pudrís de tomar café, el chocolate caliente de Starbucks es MUY rico (sobretodo si hace frío). A Uruguay no ha llegado aún. Habría que hacer una fuerza para traerlos!
Continúo. A esa altura eran como las 4 pm y ya notábamos que estaba anocheciendo. También notamos que no habíamos almorzado aún, por lo cual, empezamos a buscar algún lugar para calmar al estómago. Entramos en un lugar cercano al Hard Rock Café de Chicago. Si el lector es impaciente, se preguntará por qué carajo dedico tantas líneas al almuerzo. La razón es simple. Los mozos en Estados Unidos son amables, MUY amables, quizás, demasiado amables, atentos y efusivos. Me explico. Apenas entrás a un lugar a comer, ya te preguntan cuántas personas son y te dirigen a una mesa acorde. Te traen la carta. No pasaron cinco minutos, que ya viene el mozo a ver si decidiste qué vas a comer (así el lugar esté vacío y no haya nadie para atender, o que hubiera necesidad de vaciar las mesas rápido). Evidentemente, acostumbrados a los bares uruguayos, nosotros aún no habíamos ni empezado a mirar el menú. Hasta que no les decís qué vas a comer, cada cinco minutos vuelven a ver si decidiste o no. Uno podría pensar que cuando te traen la comida detienen su actitud y te dejan comer tranquilo. Pero no. Cada poco rato vuelven a ver si todo está OK, o si precisás algo. Al principio, es hasta gracioso (por la diferencia del servicio respecto al uruguayo), pero después comienza a molestar un poco. No digo que sea bueno o malo el servicio o la atención, de hecho, se notaba que los mozos se preocupaban de que todo estuviera bien, pero fue una de las pocas diferencias culturales que me chocó o por lo menos, me resultó llamativo.
Esa misma noche fuimos al John Hancock Center. No voy a subir ninguna foto, porque no salieron muy bien. El interesado puede googlear un poco. Para resumirlo, es una de las torres más altas de Chicago. En su momento, fue el rascacielos más alto del mundo (fuera de New York). Subimos al piso 95, donde hay una cafetería con vista panorámica. Te sentís en el techo del mundo, pero te das cuenta también de lo chiquito que sos. Aprovechamos para sacarnos el frío tomando algo, compramos algunos recuerdos (de hecho, un recuerdo de esos me lo sacaron en el aeropuerto, después cuento mejor) y seguimos viaje. Y así terminamos el día. En la vuelta al hostal, vimos ardillas correteando en la nieve y subiéndose a los árboles. Otra boludez, pero me resultó simpática.
Voy dejando por acá. Después sigo.
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